Hay poetas que consiguen que te enamores de un ideal, de una nostalgia que has vivido, pero sobre la que parece que todavía no has escrito. Hace poco leí Azul, de Miguel Gane (trad. Marin Mălaicu-Hondrari, Alice Books), y sentí una forma de cercanía difícil de explicar: ya no sabía si eran mis propios recuerdos, disueltos en el texto, o si el mundo del que habla el poeta es tan profundo que me imagino viviéndolo también, vulnerable y fuerte a partes iguales. En la poesía de Miguel Gane hay algo profundamente ligado a la lengua en la que está escrita: una musicalidad y una dirección que, creo, la traducción solo puede reproducir parcialmente. Quizá el español sea, en realidad, la lengua del amor.
En Azul, Miguel Gane escribe sobre la memoria, el amor, la pérdida y la reconstrucción sin intentar encerrarlos en una única definición, aunque quizá podrían llamarse sencillamente: azul. La Rumanía de la infancia y la España de la edad adulta no aparecen como dos territorios entre los que el poeta deba elegir, sino como dos espacios que coexisten en él y que moldean su voz. «Rumanía es el origen y España es el camino», dice Miguel Gane, formulando quizá de la manera más sencilla la relación entre los dos mundos que atraviesan su poesía. Por eso quise hablar con él sobre el exilio como experiencia íntima y sobre la lengua en la que nos convertimos en otra versión de nosotros mismos.

Te fuiste de Rumanía a una edad en la que la memoria todavía se estaba formando. ¿Cuánto de lo que hoy llamas nostalgia es recuerdo y cuánto es imaginación? ¿Hay lugares de tu infancia que sientes que has creado con el tiempo?
Probablemente sí, probablemente hay algunos recuerdos que con el paso de los años se han hecho más blandos y se han convertido en lugares llenos de melancolía. Probablemente, el paso del tiempo se ha asentado sobre las heridas como si fuera la caricia de una mano maternal y las ha convertido en lo que son hoy, fuente de inspiración. Cosa que me parece triste, pero al mismo tiempo bella.
Escribes en una lengua en la que te has convertido en adulto, pero literariamente regresas a una lengua en la que fuiste niño. ¿Has observado que cada lengua te exige una versión diferente de ti mismo?
Siempre digo que vivo y hábito en dos universos, que de alguna manera tengo dos personalidades. Y esto también aplica a lenguaje. Quiero diferente en castellano al rumano, por ejemplo. El rumano es mi versión más genuina y el castellano es mi lado más cosmopolita, contemporáneo. Rumanía es el orígen y España es el camino.
En Azul, describes el «azul» como un espacio vasto y frágil, «en el que todo está a punto de ser construido». El agua parece ser algo más que un decorado: es una forma de memoria. El agua no conserva huellas, pero lo transporta todo. ¿Te parece que el exilio funciona de la misma manera, que borra los contornos y, al mismo tiempo, lleva consigo todo lo que has sido?
El mismo cauce de un río nunca pasa dos veces por la misma piedra, de igual manera que la vida nunca vuelve a vivirse dos veces de la misma manera. Aunque nos esforcemos por hacerlo. Mi exilio, y me alegra que lo llames así porque es lo que es, ha secado el agua y mi sed, ahora, se calma de otra manera.
Muchas personas que abandonan su país dicen que, después de un tiempo, ya no pertenecen ni al lugar del que se fueron ni al lugar en el que viven. ¿Dónde sientes que habita tu imaginario poético? ¿En Rumanía, en España o en un territorio que no existe en el mapa?
Existe en mí, que soy ambos países. Existe en una llamada de teléfono con mi abuela y en una conversación con un amigo en un bar del centro de Madrid. Yo soy el elemento común, los ojos que buscan el poema de igual manera que un rayo de sol busca un lugar entre las nubes.

Existe un tipo de soledad que solo produce la migración: el momento en que te das cuenta de que nadie a tu alrededor ha vivido exactamente las mismas referencias culturales que tú. ¿Crees que la poesía se ha convertido, para ti, en un método para construir una patria interior?
Existe y es muy doloroso. Cuando llegué a España tuve que aprender a jugar de nuevo. Allá, los niños habitaban otros universos. Y en ese proceso tuve que desprenderme de todo aquello que sabía para dejar paso a lo nuevo. La soledad me habitó durante aquel camino y sí, efectivamente, encontré un refugio en la poesía. Era una poesía sin orígen, sin destino, una poesía que nacía sin ningún control y que me hacía sentirme libre y apátrida, pero querido por algo que era superior a mí.
Has escrito mucho sobre el amor, pero en Azul parece que el amor se confunde a veces con la añoranza. ¿Crees que la añoranza es una forma de amor que todavía no ha encontrado su objeto o es una emoción completamente diferente?
Siempre he vivido en la añoranza. De hecho, hasta con mis primeras parejas tuve relaciones a distancia. Supongo que, dentro de mí, el amor piensa que puede alcanzarlo todo. Pero eso no es verdad. Creo que confundía ese te echo de menos con el querer. Pero ya te digo, ahora sé que son dos cosas diferentes. El querer pesa mucho más que cualquier distancia.
En tus libros hay mucha vulnerabilidad, pero está construida con mucho cuidado. Cuando escribes un poema, ¿dónde trazas la frontera entre la sinceridad y la protección de tu propia vida? ¿Qué eliges deliberadamente que no se convierta en literatura?
Me he autocensurado, desde luego. Todos los poetas lo hacemos por diferentes motivos. Sin embargo, esa autocensura es como una presa que, cuando toque, se abrirá de una manera salvaje y brutal. Igual que te contaba antes sobre esa poesía apátrida que nacía en mí. Sin embargo, he tratado que todo lo que escribiera tuviera verdad, mi verdad. Y creo que eso me ha eliberado un poco de esa carga que supone no permitirte el lujo de escribir todo aquello que quieres.
¿Te has preguntado alguna vez cómo habrías escrito si no hubieras emigrado? No me refiero a los temas, sino al ritmo interior de la poesía. ¿Crees que la ruptura geográfica modificó también tu manera de percibir el tiempo?
Sin duda. Sobre todo porque he aprendido a querer, a moverme, a vivir en otro idioma. Y con ello se ha contruido otro ser dentro de mí. Un ser que sí, que tiene la sensibilidad, la curiosidad, del niño rumano, pero que se permite el lujo de ser más libre, más salvaje. España ha constuido al poeta que vive en mí. Aunque él naciera en Rumanía. Sin España, sin el castellano, no existiría como existe ahora.

Me parece que en Azul hay muy poca nostalgia por un lugar concreto y mucha más por un estado imposible de recuperar. ¿Qué es, en realidad, lo que añoras?
Tu lectura es perfecta. Echo de menos todo aquello que no llegué a vivir, todas aquellas cosas que pospuse con la esperanza de que el tiempo me las traerá de vuelta y ahora, cuando tengo conciencia sobre ellas, me doy cuenta de que jamás volverán. Echo de menos a aquel niño que se fue sin saber que nunca, jamás, regresaría. Y echo de menos todo lo que perdí por no haber sido consciente de que nada espera, ni siquiera una piedra incrustada en la tierra.
Dices que Azul habla de comienzos y reconstrucción. Me pregunto si, después de tantos años escribiendo sobre la pérdida, has llegado a creer que la sanación es un punto de llegada o simplemente otra forma de nostalgia.
Mi cura ha sido aceptar. Mi cura ha sido buscar una respuesta sobre quien soy y haberla encontrado. Al menos de momento. Mi cura ha sido amar a España de la misma forma que amo a Rumanía. Y mi cura ha sido, también, volver a amar a Rumanía.
Si pudieras recuperar una sola cosa de la Rumanía de tu infancia —no un objeto, sino un gesto o una luz—, ¿qué elegirías y por qué crees que precisamente eso ha sobrevivido en tu memoria?
Tal vez recuperaría el olor del establo de mis abuelos. Tenían vacas, cerdos, cabras… Regresaría a él y, quizás, le daría un trago al cántaro repleto de leche recién ordeñada. Mi abuelo me diría que tengo bigotes y yo sonreiría. Esa nada es la verdadera felicidad.
